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| Señora con bragas de leopardo surrealistas |
Hay un lugar mágico en la ciudad de las palmeras donde, los miércoles por la tarde, se puede disfrutar de películas gratis si eres estudiante o pensionista. Sí, hablo de ese lugar mágico llamado Filmoteca, donde puedes evadirte después de una larga jornada de clase con una buena película o una de esas birrias totales con las que te gustaría practicar el deporte de Cómo no abrir una puerta.
Es allí también donde se evaden las llamadas Señoras; con sus bolsos, sus chaquetas ajustadas a modo de batín, sus Oyoyoyoys, y sus competiciones verbales acerca de quién ingiere el mayor número de medicamentos para la tensión. Estas señoras que te adelantan en la cola de las entradas para luego entrar a la sala cinco minutos después de que empiece la película esconden un misterio que tan sólo la parte transparente y ojosmielosos de Prath ha logrado desentrañar: Las señoras de la filmoteca son surrealistas.
Para quien no lo sepa, el surrealismo fue un movimiento artístico (sobre todo pictórico y literario) perteneciente a las últimas vanguardias del siglo XX, con Dalí, Remedios Varo… Incluso Lorca. Y sobre todo artistas franceses (André Breton y su “Manifiesto surrealista”), puesto que precisamente surgió en el país galo a partir del dadaísmo. Pero no me voy a enrollar con esto, el caso es que los surrealistas plasmaban o describían imágenes a través de sus emociones, pasándose por el arco del triunfo si lo que estaban expresando tenía un verdadero sentido para los demás o para la simple lógica.
Los artistas surrealistas solían ir al cine de una manera muy peculiar… Al igual que las señoras, entraban al cine cinco minutos o diez tarde, veían una película cuyo contexto habían perdido en parte, salían al rato, volvían a entrar, y se largaban antes de que acabara para sentarse a sacar sus propias conclusiones y así armarse la parra del siglo (que era lo que más les gustaba).
Y es así como la parte vampírica de Prath sacó la conclusión de que las señoras de la filmoteca de Elche son surrealistas; entran cinco minutos antes después de casi echarte a bolsazos (con ladrillos en su interior, seguro) de la cola, tardan cinco minutos en sentarse en la sala y van haciendo viajecitos más que intencionados al baño… Donde Dalí sabe lo que harán, porque no salen hasta pasado un largo rato, para irse antes de que ésta acabe.
Y Prath está segura, segurísima, de que cuando salen se dirigen a la cafetería Mozart, en frente del Gran Teatro, se deleitan escuchando sus conclusiones las unas a las otras al ritmo que se beben un café vienés y debaten la posibilidad de que llueva, no sea que sin bolsas del Mercadona se queden con la permanente hecha un asco.

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